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miércoles, 28 de octubre de 2026 09:17
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LULA DERROTÓ AL ALGORITMO

La victoria de Lula en Brasil plantea una discusión que va mucho más allá de los resultados electorales: ¿hasta dónde llega el poder de las grandes plataformas digitales para condicionar la voluntad popular? Facebook, Instagram y los algoritmos que organizan nuestra atención demostraron su enorme influencia, pero también sus límites. La política se disputa en las calles, pero cada vez más se construye, se condiciona y se decide desde las pantallas.

André Janones creó un canal de Wahtsapp y consiguió unir a más de 10 millones de seguidores – Foto: BBC

El 25 de octubre, Lula derrotó a Flávio Bolsonaro con el 51,79 % de los votos válidos. Su remontada electoral estuvo acompañada de una intensa movilización digital que combinó videos, memes, mensajes de WhatsApp y participación ciudadana. La campaña comprendió que la política ya no se desarrolla exclusivamente en los mítines, los debates o las calles. Una parte fundamental de la disputa por el poder ocurre en las pantallas.

El problema es que las redes sociales no constituyen espacios neutrales. Los algoritmos de Facebook, Instagram y TikTok seleccionan qué publicaciones reciben mayor visibilidad, cuáles permanecen ocultas y qué discursos se repiten ante millones de usuarios. No determinan mecánicamente el voto, pero pueden influir en la información que reciben los ciudadanos, en los temas que consideran importantes y en la percepción que construyen sobre los candidatos.

El filósofo surcoreano Byung-Chul Han, en su libro Infocracia: la digitalización y la crisis de la democracia, explica cómo el procesamiento de información mediante algoritmos transforma las relaciones de poder. En este nuevo escenario, la influencia política no depende únicamente de controlar instituciones o medios tradicionales, sino también de administrar los flujos de información que alimentan la opinión pública.

Durante la campaña brasileña, el equipo de Lula denunció restricciones en la distribución de sus contenidos y dificultades para contratar publicidad en las plataformas de Meta. El Tribunal Superior Electoral exigió explicaciones a las empresas tecnológicas, aunque las acusaciones de favorecimiento político no quedaron demostradas con las evidencias examinadas inicialmente. La controversia revela una cuestión fundamental: las decisiones sobre la visibilidad de los candidatos se producen dentro de sistemas cuya lógica resulta difícil de fiscalizar.

Los algoritmos ayudaron a difundir los mensajes, pero fue la militancia la que los convirtió en poder político.

La respuesta de la campaña de Lula fue combinar la movilización territorial con una estrategia digital descentralizada. Los seguidores se convirtieron en productores y distribuidores de contenidos. El humor, los formatos breves y los canales de WhatsApp ampliaron la circulación de sus mensajes. Sin embargo, sería equivocado atribuir exclusivamente a los algoritmos el resultado electoral: las condiciones económicas, las identidades políticas y la participación ciudadana también fueron determinantes.

La victoria de Lula no demuestra que los algoritmos sean impotentes, sino que su influencia tiene límites. Tampoco significa que puedan fabricar automáticamente una mayoría electoral. La ciudadanía conserva capacidad para cuestionar, organizarse y actuar más allá de las plataformas.

La política real sigue estando en las calles y en las urnas, pero cada vez más se construye, se disputa y se condiciona desde las pantallas.

La principal lección de Brasil trasciende a Lula y al bolsonarismo: una democracia no puede renunciar a comprender quién controla la circulación de la información. Porque cuando unas pocas empresas deciden qué discursos merecen ser vistos, la discusión ya no es solamente tecnológica. Es, fundamentalmente, una discusión sobre el poder y la soberanía ciudadana.

Lula ganó en las urnas, pero el desafío sigue siendo evitar que unas pocas empresas controlen la información que reciben millones de personas e influyan en sus decisiones políticas.

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