El 1 de noviembre que no llegó para la industria
El Gobierno había fijado el 1 de noviembre como fecha para terminar los cortes a las industrias. Ese día, 185 empresas empezaron a tener cuatro días sin luz. El clima no lo explica todo: también falla la previsibilidad.
Hace apenas diez días, el secretario de la Administración Pública, José Julio Neira, expresó en una entrevista con Teleamazonas la expectativa del Gobierno de “llegar al primero de noviembre donde las AV1 y AV2 no tengan que desconectarse”. Llegó el 1 de noviembre y ocurrió lo contrario: 185 industrias de alto voltaje pasaron de tres a cuatro días semanales sin energía de la red pública, del domingo 1 al miércoles 4, según la programación difundida por el Ministerio de Ambiente y Energía.
Nadie sensato puede culpar a una autoridad por la falta de lluvias. El déficit de generación, estimado entre 1.000 y 1.200 megavatios, tiene una causa hidrológica real, y el Gobierno ha tomado decisiones para enfrentarlo, como el decreto 515, que fija plazos a trámites de proyectos de generación privada. Pero la sequía explica el apagón; no explica la incertidumbre.
El costo de la palabra
En economía, las expectativas también son un insumo. Una empresa que escucha que los cortes terminarán el 1 de noviembre programa turnos, compra materia prima y compromete entregas. Cuando el anuncio se revierte una semana después, el costo no lo asume quien lo hizo, sino quien confió en él.
Los efectos ya tienen nombres propios. Ramiro Garzón, gerente general de Novacero, dijo a Vistazo que la planta de Lasso, en Cotopaxi, lleva más de un mes sin energía para fundir chatarra, y que la empresa ha tenido que adelantar las vacaciones de su personal de 2027 para no reducir plazas. Según el mismo medio, las pérdidas de las siderúrgicas suman decenas de millones de dólares desde finales de septiembre. El presidente de la Cámara Nacional de Acuacultura, José Antonio Camposano, advirtió en X que cuatro días sin electricidad “comprometen gravemente las exportaciones”.
Quién paga la factura
La pregunta de fondo no es si debe haber racionamiento, sino cómo se reparte. Hasta ahora, el peso recae sobre el aparato productivo, el mismo al que se le pide crecer, exportar y generar empleo formal. “No debe pagar solo el sector productivo”, resumió Garzón. Es una advertencia que merece atención, porque cada hora de máquina apagada se traduce, tarde o temprano, en menos ingresos para los trabajadores y menos recaudación para el Estado.
Tampoco se ha visto un plan nacional de ahorro energético que involucre de forma equitativa al sector público, al comercio y a los hogares. Pedir sacrificios solo a una parte del país es más rápido, pero no necesariamente más justo ni más eficiente.
Lo que se puede corregir
Hay decisiones que no dependen del clima. Publicar un calendario de desconexiones con al menos dos semanas de anticipación y cumplirlo. Explicar con datos el nivel de los embalses y el aporte térmico disponible. Acelerar los permisos de autogeneración: Novacero calcula unos cuatro meses solo de trámites y alrededor de 40 proyectos privados esperan aprobaciones.
El Gobierno ha pedido a las industrias que se autoabastezcan. Es razonable. Pero esa exigencia debe ir acompañada de reglas estables y de una comunicación que no cambie cada semana. La confianza también es una fuente de energía, y hoy está bajo mínimos.



