¿DÓNDE ESTÁ EL PRESIDENTE?
En Santa Cruz, Galápagos, llovió durante unas quince horas. Cuando escampó, había calles convertidas en ríos, viviendas inundadas y familias buscando refugio. Una persona murió. Hasta un centro de salud quedó fuera de servicio. En Guayas y Esmeraldas, otras familias conocían demasiado bien aquella desgracia. El país lleva semanas pendiente del cielo. También debería estar pendiente de quien lo gobierna.
Desde finales de agosto, las lluvias han golpeado a casi 49.000 ecuatorianos y causado 11 muertes. Más de 11.000 viviendas han sufrido daños. En Galápagos, unas 2.800 personas perdieron el trabajo de toda su vida en una noche. Las cifras caben en un informe de pocas páginas, pero la pérdida de una casa, de una cosecha o de un pequeño negocio puede ocupar años de una vida.
Y Ecuador tiene más cuentas pendientes.
En los primeros nueve meses de 2026 fueron asesinadas más de 6.200 personas. La cifra representa una reducción del 8 % frente al mismo período de 2025, pero sigue siendo terrible para el país de paz que fuimos en otroras. Ahora son, en promedio, 23 vidas perdidas cada día. Veintitrés familias que reciben una noticia que ninguna familia debería recibir.
Mientras tanto, en los hospitales públicos, los pacientes continúan denunciando la falta de medicamentos, equipos dañados y tratamientos interrumpidos. El pasado 30 de octubre, enfermos y familiares salieron a protestar en Quito. Algunos contaron las dificultades que atraviesan para conseguir atención. La enfermedad, por desgracia, no entiende de presupuestos, compras públicas ni trámites administrativos.
Son problemas diferentes, con causas distintas, pero todos terminan golpeando al mismo ciudadano: aquel que paga impuestos, trabaja, cumple sus obligaciones y espera que el Estado también cumpla las suyas.
El Gobierno ha enviado ayuda humanitaria a las provincias inundadas. Las Fuerzas Armadas organizaron vuelos hacia Galápagos y el Ministerio de Salud ha anunciado medidas para mejorar el abastecimiento hospitalario. Son acciones necesarias que merecen ser reconocidas.
Pero también merecen ser examinadas.
¿Cuántas familias han logrado recuperar sus viviendas? ¿Qué obras se están ejecutando para reducir los daños de las próximas lluvias? ¿Cuándo estarán disponibles los medicamentos que necesitan los pacientes? ¿Qué resultados concretos están dando las medidas de seguridad?
Son preguntas que deberían encontrar respuestas claras en la Presidencia.
Daniel Noboa llegó al poder con la promesa de enfrentar los grandes problemas del Ecuador. Hoy tiene ministros, presupuesto, instituciones y las facultades que le otorga la Constitución. También tiene una responsabilidad que ninguna fotografía, discurso o publicación en redes sociales puede cumplir por él: responder por los resultados de su Gobierno.
Ser presidente de Ecuador implica gobernar un país difícil. La violencia tiene raíces profundas, los hospitales arrastran problemas de años y las lluvias no obedecen órdenes presidenciales. Sería absurdo responsabilizar a Noboa de cada tragedia. Lo razonable es exigirle que demuestre cómo está enfrentando esas dificultades y qué está consiguiendo para superarlas.
Porque un ciudadano puede comprender que una solución tome tiempo. Lo que merece es saber cuánto tiempo, qué se está haciendo y quién responderá si las cosas salen mal.Ahí aparece la pregunta que encabeza estas líneas: ¿dónde está el presidente?
Su presencia debería sentirse en las decisiones que mejoran la vida de la gente, en las instituciones que funcionan y en la tranquilidad de quienes pueden confiar en que recibirán ayuda cuando la necesiten. Esa es una medida mucho más exigente que el número de visitas oficiales o de discursos pronunciados.
En Santa Cruz, las familias afectadas continuarán reconstruyendo sus hogares. En los hospitales, los pacientes seguirán esperando sus tratamientos. Y en muchos barrios, la gente volverá a cerrar sus puertas temprano por miedo a la violencia.
Esas vidas transcurren todos los días, mucho después de que una noticia desaparece de los titulares.La próxima lluvia llegará, tarde o temprano. También llegarán nuevas emergencias. Para entonces, Ecuador debería tener respuestas mejores que las de hoy. Y el presidente tendrá que explicar qué hizo con el tiempo, el poder y los recursos que tuvo a su disposición.
Si Daniel Noboa no está preparado para cumplir esa responsabilidad, que tenga la valentía de renunciar. Porque Ecuador no necesita un presidente de adorno, necesita uno que gobierne, resuelva y trabaje para su gente.



